No había forma de evitarlo, para regresar a mi casa desde la escuela donde estudiaba debía pasar por el costado del cementerio. Cosa que hacía todos los días sin ningún problema porque pasaba a primeras horas de la tarde y a la luz del día las cruces desperdigadas por el Campo Santo solo eran parte del bello paisaje que admiraba durante mis recorridos por la campiña.
La tarde del viernes, cuando ya nos alistábamos para dejar la escuela, Rosa se acercó donde el profesor y le dijo que su libro de Ciencias había desaparecido. -aquí las cosas no se pueden perder- levanto la voz el maestro para que todos los alumnos de nuestra aula lo pudieran escuchar.
Todos se miraban a las caras con cara de inocencia. Pasaron 5 minutos y más severo el profesor con voz autoritaria sentenció – Nadie sale de clases hasta que aparezca el libro – y nos quedamos retenidos hasta que el sol se ocultó en el horizonte. Ya eran las 8 de la noche cuando, Roberto el más pequeño de la clase asustado no pudo aguantarse y con voz chillona gritó – Lo escondió Jaime-. Jaime era el travieso de la clase quien al verse delatado sacó el libro que se encontraba detrás de un cuadro de Miguel Grau que se encontraba justo detrás del profesor.
Tan pronto nos permitieron salir, me dirigí raudo hacia el camino de mi casa. No había recorrido 200 metros cuando ya las luces de las casas más cercanas se perdían en la penumbra. La luz tenue de la luna en cuarto menguante apenas me permitía caminar sin tropezarme. Caminaba contento de regresar a casa cuando súbitamente recordé que tendría que pasar por el cementerio y en tropel comencé a recordar las historias que se contaban como sobremesa después de las comidas y en las reuniones de amigos. Las historias de las almas que salen de sus tumbas en las noches y como Jerónimo se asustó tanto que perdió la razón y ahora deambula por el pueblo contándole a quien se le cruza historias que nadie entiende porque dicen que es una lengua de los muertos o la historia de Simón, el borrachito del pueblo que se lo encontró abrazado de una tumba, muerto, como si estuviera haciéndole el amor a su novia que había muerto como diez años atrás y por la cual se emborrachaba diariamente.
Comencé ha recitar la lección aprendida esa mañana en voz alta tratando de ahuyentar mis pensamientos y sentirme acompañado por mi mismo, luego me persignaba, como lo hacía en esos tiempos que todavía creía en Dios, suplicando por su protección. Caminaba cada vez más rápido, casi me encontraba corriendo acercándome velozmente al cementerio que en la oscuridad de la noche se veía aterrador con la sombras de las cruces y de las ramas de los árboles movidas por el viento.
Ni mis rezos, ni mis persignadas fueron suficientes para controlar el terror que se apoderó de mi y corría despavorido cuando tropecé en el camino y caí de cabeza en el suelo perdiendo el conocimiento.
Cuando desperté una bella señorita estaba limpiando mi herida y con melodiosa voz me consolaba- tranquilo solo te has golpeado la cabeza y ya te estoy curando- Sus tersas manos acariciaban mi rostro. Estaba en un cuarto pequeño, muy iluminado aunque no lograba ver ningún foco o vela que estuviera alumbrando, tampoco había cuadros o muebles pero me encontraba muy cómodo recostado en el regazo de mi bella señorita.
Tenía 13 años y nunca había tenido el contacto directo con una mujer más allá de los juegos rudos que había tenido con mis primas, cuando nos revolcábamos simulando peleas y no se que sentían ellas pero yo ya venía sintiendo últimamente las sensaciones sexuales que un hombre siente por una mujer. Ahora recostado en el regazo de la bella señorita no había dudas de que ya me había convertido en un hombre porque mis hormonas fluían descontroladas en mi sangre por todo mi cuerpo.
No les voy a contar que más ocurrió en los brazos de mi primera mujer solo que cuando me encontraron deambulando cerca de mi casa con la cabeza ensangrentada con un tremendo corte y la cabeza inflamada con un chichón tenía una cara de contento y los ojos que irradiaban de felicidad.
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