
Juan realmente tenía mucho dinero. En nuestro pueblo un Toyota del año era lo máximo pero Juan tenía un Porshe, un auto del cual solo conocíamos hasta hace poco solo por las películas.
Debe ser narco, decían unos. No es un contrabandista, decían otros. Se encontró un tesoro enterrado, se escuchaba más allá.
La comidilla del pueblo era como Juan, un humilde ayudante de panadero, con apenas acabada la primaria podía tener tanto dinero.
Yo conocía a Juan desde antes que tuviera fortuna y sigo siendo su amigo todavía y el me contó su historia una noche que tomábamos unos tragos en su bella quinta de campo.
La historia se las cuento como salieron de sus labios aquella noche.
Yo era el ayudante del panadero y como recién había bajado de la sierra para ganar un dinerito con que ayudar a mis padres que se quedaron en Cotahuasi no tenía ni un cuarto alquilado donde dormir, por eso los dueños de la panadería me permitieron dormir en el almacén de los insumos de panadería.
El almacén se encontraba aproximadamente 50 metros de la panadería y de las habitaciones de los dueños, era un patio grande y por las noches, muy oscuro cuando sólo era iluminado por las estrellas y el suave resplandor de las luces que escapaban por las cortinas de las habitaciones de la casa.
El primer día que llegué a la panadería, el panadero y los otros ayudantes, en un momento de descanso, me contaron de cómo penaban en el almacén. Que por ahí rondaba el “chinchilico” un duende andino, que se llevaba a la Pacha Mama a los incautos que osaran desafiarlo. Ninguno de los ayudantes tuvo el coraje de aceptar dormir en el almacén porque se morían de miedo y prefirieron ir a dormir donde amigos o parientes.
Yo no tenía amigos ni parientes, además no creía en dichos cuentos. Sin embargo, por la forma en que me contaron las historias sobre los ruidos que se escuchaban por la noches en el almacén y como habían desaparecido o encontrado muertos a quienes desafiaban a las almas y los duendes, me hicieron sentir escalofríos en el cuerpo.
Aquellas noche, la primera que tenía que dormir en el almacén me entretuve todo el tiempo que pude, limpiando aquí y allá en la panadería postergando lo que más pude hasta que los dueños me obligaron a retirarme de la panadería porque estaba gastando mucha luz.
Debe ser narco, decían unos. No es un contrabandista, decían otros. Se encontró un tesoro enterrado, se escuchaba más allá.
La comidilla del pueblo era como Juan, un humilde ayudante de panadero, con apenas acabada la primaria podía tener tanto dinero.
Yo conocía a Juan desde antes que tuviera fortuna y sigo siendo su amigo todavía y el me contó su historia una noche que tomábamos unos tragos en su bella quinta de campo.
La historia se las cuento como salieron de sus labios aquella noche.
Yo era el ayudante del panadero y como recién había bajado de la sierra para ganar un dinerito con que ayudar a mis padres que se quedaron en Cotahuasi no tenía ni un cuarto alquilado donde dormir, por eso los dueños de la panadería me permitieron dormir en el almacén de los insumos de panadería.
El almacén se encontraba aproximadamente 50 metros de la panadería y de las habitaciones de los dueños, era un patio grande y por las noches, muy oscuro cuando sólo era iluminado por las estrellas y el suave resplandor de las luces que escapaban por las cortinas de las habitaciones de la casa.
El primer día que llegué a la panadería, el panadero y los otros ayudantes, en un momento de descanso, me contaron de cómo penaban en el almacén. Que por ahí rondaba el “chinchilico” un duende andino, que se llevaba a la Pacha Mama a los incautos que osaran desafiarlo. Ninguno de los ayudantes tuvo el coraje de aceptar dormir en el almacén porque se morían de miedo y prefirieron ir a dormir donde amigos o parientes.
Yo no tenía amigos ni parientes, además no creía en dichos cuentos. Sin embargo, por la forma en que me contaron las historias sobre los ruidos que se escuchaban por la noches en el almacén y como habían desaparecido o encontrado muertos a quienes desafiaban a las almas y los duendes, me hicieron sentir escalofríos en el cuerpo.
Aquellas noche, la primera que tenía que dormir en el almacén me entretuve todo el tiempo que pude, limpiando aquí y allá en la panadería postergando lo que más pude hasta que los dueños me obligaron a retirarme de la panadería porque estaba gastando mucha luz.

Cuando salí al patio hacía el almacén, al principio no podía ver nada por la oscuridad, me paré un momento escudriñando hacia al fondo del patio. Poco a poco la vista se fue acostumbrando a la oscuridad y se podía apenas distinguir el camino y bultos negros que asemejaban animales acechando. Pase saliva y me dije a mi mismo- son los árboles y arbustos que por las sombras de la noche se ven más grandes de lo que son-
Luego de tomar valor, aunque con los vellos de mi cuerpo crispados por el miedo, cruce a toda velocidad hasta el almacén. Me dije, una vez en el almacén, prenderé las luces y mis miedos habrán terminado y así lo hice.
Frente a mi cama con las luces encendidas poco a poco mi miedo se fue disipando. Antes de dormirme rece mis oraciones, mis padres eran muy devotos y me enseñaron a rezar a la Mamacha Candelaria, a Tata lindo y a la Pacha Mama. Mis padres, así como sus padres, abuelos y tatarabuelos nunca pudieron olvidar a sus dioses ancestrales por mas que los curitas del pueblo, cada domingo renegaban por las costumbres idólatras de sus feligreses.
Con mi conciencia en paz y luego de trabajar tan duro hasta tan tarde, caí rendido en un profundo sueño. En mi sueño, en un día soleado, un hombrecito pequeño se me acercó y me dijo – yo soy tu chinchilico – soy el ángel de la guarda de los que creen que Díos está en todas partes y que respetan todas sus creencias y son fieles a ellas. No tengas miedo de mí. Por tu amor a tus padres y a tus dioses te has hecho merecedor a un premio.
Serían las 3 de la madrugada, las luces estaban apagadas, cuando me desperté. La habitación no estaba completamente oscura, en la esquina de mi cama se encontraba el hombrecito pequeño que había visto en mis sueños y como ya estaba advertido no tuve miedo.
Mi chinchilico me explicó que a poca profundidad debajo de la cama estaba enterrado un tesoro. Que había joyas y monedas de oro y plata que fueron enterradas por un español muy adinerado en la época de la colonia para evitar que le roben. Lamentablemente había muerto de la peste sin poder decirles nada a sus hijos y esposa.
También me contó que cuando hicieron el almacén no cavaron tan profundo para los cimientos porque era de un solo piso y por eso no encontraron el tesoro. Como este tesoro estaba destinado como premio para ti, por muchos años me he dedicado a hacer ruidos por las noches para ahuyentar a las personas para que piensen que las almas penan por aquí.
Al día siguiente mis compañeros de trabajo me preguntaron como la había pasado. Les conté que si era cierto que las almas penan por el almacén y que arrastran cadenas pero que yo recé y recé para que las almas puedan pasar del purgatorio al cielo y después de varias horas todo quedó en calma y dormí muy bien.
Al dueño de la panadería, le dije que en mi tierra yo ayudaba a mis padres en los trabajos de agricultura y que me gustaría ayudar a cortar mala hierba y plantar algunas hortalizas en el patio que se encontraba bastante descuidado. Le pedí que me preste un pico y una lampa. El dueño muy contento me entregó las herramientas que le pedí.
Aquella tarde, hice un poco de trabajo desyerbando el patio y me fui a dormir temprano, apagué las luces y solo con el resplandor de mi chinchilico, retire la cama y comencé a cavar. Cavé un par de horas y el ruido se escuchaba hasta la vivienda del dueño pero con el temor que le causaban las historias del chinchilico y de las almas que penan, no se atrevió a salir de su casa.
Al día siguiente, les conté la misma historia de las almas del purgatorio y que recé y recé y después de dos horas todo quedó en calma. Por cinco noches y días se repitió lo mismo. Yo ya tenía la fama de ser un hombre valiente que ya llevaba 5 días con las almas en pena y que no había abandonado el almacén.
El sexto día pedí permiso para salir a pasear por unas horas después de mis trabajos en el patio, que ya para entonces tenía una mejor cara y el dueño estaba muy contento; así que gustoso me dio el permiso. Yo ya había encontrado el tesoro y necesitaba sacarlo sin que nadie se diera cuenta. Esa noche cuando salí para dar el paseo, cogí algo de monedas de plata, las empeñe y con ese dinero alquilé un pequeño departamento.
Al regresar, en el almacén hacía algo de ruidos para que no se notara un cambio y así día a día por un mes fui retirando mi tesoro a mi departamento.
Cuando terminé el traslado les dije a mis compañeros que ya no aguantaba más dormir en el almacén y que me iría a dormir a donde un amigo. Al dueño de la panadería le pedí que me disculpara que solo trabajaría por un mes más, que dormiría afuera y que luego dejaría de trabajar.
Esa es la historia que Juan me contó sobre su fortuna, no si antes prometerle que no se la contaría a nadie, cosa que lamentablemente no pude cumplir.
Luego de tomar valor, aunque con los vellos de mi cuerpo crispados por el miedo, cruce a toda velocidad hasta el almacén. Me dije, una vez en el almacén, prenderé las luces y mis miedos habrán terminado y así lo hice.
Frente a mi cama con las luces encendidas poco a poco mi miedo se fue disipando. Antes de dormirme rece mis oraciones, mis padres eran muy devotos y me enseñaron a rezar a la Mamacha Candelaria, a Tata lindo y a la Pacha Mama. Mis padres, así como sus padres, abuelos y tatarabuelos nunca pudieron olvidar a sus dioses ancestrales por mas que los curitas del pueblo, cada domingo renegaban por las costumbres idólatras de sus feligreses.
Con mi conciencia en paz y luego de trabajar tan duro hasta tan tarde, caí rendido en un profundo sueño. En mi sueño, en un día soleado, un hombrecito pequeño se me acercó y me dijo – yo soy tu chinchilico – soy el ángel de la guarda de los que creen que Díos está en todas partes y que respetan todas sus creencias y son fieles a ellas. No tengas miedo de mí. Por tu amor a tus padres y a tus dioses te has hecho merecedor a un premio.
Serían las 3 de la madrugada, las luces estaban apagadas, cuando me desperté. La habitación no estaba completamente oscura, en la esquina de mi cama se encontraba el hombrecito pequeño que había visto en mis sueños y como ya estaba advertido no tuve miedo.
Mi chinchilico me explicó que a poca profundidad debajo de la cama estaba enterrado un tesoro. Que había joyas y monedas de oro y plata que fueron enterradas por un español muy adinerado en la época de la colonia para evitar que le roben. Lamentablemente había muerto de la peste sin poder decirles nada a sus hijos y esposa.
También me contó que cuando hicieron el almacén no cavaron tan profundo para los cimientos porque era de un solo piso y por eso no encontraron el tesoro. Como este tesoro estaba destinado como premio para ti, por muchos años me he dedicado a hacer ruidos por las noches para ahuyentar a las personas para que piensen que las almas penan por aquí.
Al día siguiente mis compañeros de trabajo me preguntaron como la había pasado. Les conté que si era cierto que las almas penan por el almacén y que arrastran cadenas pero que yo recé y recé para que las almas puedan pasar del purgatorio al cielo y después de varias horas todo quedó en calma y dormí muy bien.
Al dueño de la panadería, le dije que en mi tierra yo ayudaba a mis padres en los trabajos de agricultura y que me gustaría ayudar a cortar mala hierba y plantar algunas hortalizas en el patio que se encontraba bastante descuidado. Le pedí que me preste un pico y una lampa. El dueño muy contento me entregó las herramientas que le pedí.
Aquella tarde, hice un poco de trabajo desyerbando el patio y me fui a dormir temprano, apagué las luces y solo con el resplandor de mi chinchilico, retire la cama y comencé a cavar. Cavé un par de horas y el ruido se escuchaba hasta la vivienda del dueño pero con el temor que le causaban las historias del chinchilico y de las almas que penan, no se atrevió a salir de su casa.
Al día siguiente, les conté la misma historia de las almas del purgatorio y que recé y recé y después de dos horas todo quedó en calma. Por cinco noches y días se repitió lo mismo. Yo ya tenía la fama de ser un hombre valiente que ya llevaba 5 días con las almas en pena y que no había abandonado el almacén.
El sexto día pedí permiso para salir a pasear por unas horas después de mis trabajos en el patio, que ya para entonces tenía una mejor cara y el dueño estaba muy contento; así que gustoso me dio el permiso. Yo ya había encontrado el tesoro y necesitaba sacarlo sin que nadie se diera cuenta. Esa noche cuando salí para dar el paseo, cogí algo de monedas de plata, las empeñe y con ese dinero alquilé un pequeño departamento.
Al regresar, en el almacén hacía algo de ruidos para que no se notara un cambio y así día a día por un mes fui retirando mi tesoro a mi departamento.
Cuando terminé el traslado les dije a mis compañeros que ya no aguantaba más dormir en el almacén y que me iría a dormir a donde un amigo. Al dueño de la panadería le pedí que me disculpara que solo trabajaría por un mes más, que dormiría afuera y que luego dejaría de trabajar.
Esa es la historia que Juan me contó sobre su fortuna, no si antes prometerle que no se la contaría a nadie, cosa que lamentablemente no pude cumplir.



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